jueves 26 de junio de 2008

Pecados capitales y no originales

Es sumamente difícil proseguir con los mismos viejos pecados capitales, la condición de pecador es muy fluctuante y evidentemente, Dios cambia de opinión tanto como cualquiera. Algunos dicen que fuimos hechos a su imagen y semejanza, otros sostienen que lo hicieron tres curas a su imagen y semejanza, lo cierto es que él se aburrió de los pecados viejos tanto como nosotros y ya no vamos al infierno por las mismas cuestiones que antes. Por ejemplo, si la envidia fue uno de los pecados capitales más populares durante varios siglos, ahora que no es menos popular se la llama muchas veces envidia sana, estableciendo diferencias discriminatorias entre los envidiosos. Algunos se irían al infierno, otros no. Se hizo tan corriente este nuevo concepto de la envidia que además de ser popular, ahora es pública y notoria, el envidioso no tiene reparos en declarar su sana envidia, y en definitiva, ya no espanta a nadie.
Un pecado que antes era espantoso es la lujuria, era un pasaporte directo al infierno. No sólo la lujuria era pecado, sino que su opuesto, la frialdad absoluta, era tenido por virtud y hablaba muy bien de una dama que fuera altiva y fría como el hielo. Ahora a una mujer así la llamarían histérica y eso me hace pensar que tendré que dejar de ser virgen algún día, ya que nadie parece reparar en lo adorable que es mi virtud y en cuán encantadora es mi altivez. ¿No les da vergüenza?. La cuestión es que ahora lo malo no es la lujuria, sino carecer de ella, eso se considera una disfunción, fíjense ustedes, ahora sería perfectamente posible ir al infierno por no sentir lujuria, ya que así como cambiaron las costumbres en la tierra, es posible que también se hayan relajado un tanto en el paraíso y que eso sea ahora una auténtica fiesta. Dios mío. Donde se aburren de verdad es en el infierno, donde no queda casi nadie. La población infernal descendió a tres vírgenes que se resisten a aceptar la realidad y a Lord Byron, único habitante del Infierno de sexo masculino que queda ahí, porque siempre le gustó hacer el verso y ahí puede practicarlo de variadas clases, hasta que se aburra de las vírgenes o hasta que dejen de serlo. Mi vecino también quiere ayudarme con mi problemática virginidad, pero le dije que lo voy a pensar, ya lo pensé y decidí esperar tres semanas más para responderle: no quiero que piense soy ligera. Después le voy a decir que lo quiero como amigo. Seguramente voy a irme al infierno por mi falta de lujuria, pero no me importa, siempre me gustó Byron. Y todas las épocas necesitan pecadores nefandos, si no los moralmente correctos no tendrían con quien compararse para sentirse realmente bien.
Otro pecado nefando era la gula, pero la ciencia destruyó para siempre este pecado tan bello que consiste en comer sin parar. En una época la gente comía y comía con la satisfacción de que sólo estaba pecando, ahora comemos y comemos remolacha hervida y brócoli. Y si no, comemos y comemos de todo sintiéndonos culpables porque somos adictos a la comida. La tiranía de lo saludable nos fustiga tanto como el viejo cura de la aldea. ¿Será que el pecado infame en el siglo XXI es el colesterol alto?
Y aquí está la cuestión. Cuando estas cosas eran un pecado, uno las cometía con la satisfacción natural de la maldad. Ese agradable placer se perdió completamente. Con el fundamentalismo de la salud, ahora la vieja y placentera gula es una conducta adictiva, la ausencia de lujuria una disfunción sexual que obliga a sentirse culpable por la ausencia de deseo e ir al consultorio, y la envidia es disculpada por ser sana, así ya no se trata de moral, aunque la culpa sigue estando. Una creía, ingenua y virgen como es, que el beneficio de abandonar el torturante concepto de pecado era deshacerse de la culpa. Y aquellos que sienten gula o no sienten lujuria portan la incómoda letra escarlata, mientras nos envidiamos todos sanamente.

sábado 14 de junio de 2008

Clarimonda, la muerta enamorada

"Vengo de un país en el que no hay lunas ni soles, sólo un horizonte de inescrutable penumbra; no ya caminos ni senderos; no hay tierra en la que posar el pie, ni aire en que batir las alas."
Clarimonda dice esto. Clarimonda, la que "es tan bella que no hay paleta de pintor ni verso de poeta capaz de describirla". Pero sí puede hacerlo Téophile Gautier, su creador. Leí La muerta enamorada por primera vez, en una manoseada pero bella edición de Torres Agüero Editor, a los veintitrés años. La tengo en mi falda, ahora, y miro su prodigiosa tapa. Es de un rosa subido, tal vez de un morado intenso. Sus letras tienen un sesgo romántico, tal vez gótico. Su ilustración, un dibujo gris aterrador y erótico a la vez, una pareja desnuda huyendo, abrazada, de la guadaña de la muerte.
A mis 23 años, no prestaba atención a más detalles que el texto mismo. La muerta enamorada me arrebató y creí que Gautier había bajado de regiones innombradas, a raptarme de mi cuerpo y hacerme vivir las noches de Clarimonda.
Fue realmente curioso lo que ocurrió luego: busqué otros libros de Gautier. Ni siquiera recuerdo sus títulos. No me gustaron. Nada igualaba a la muerta enamorada, absolutamente nada. Pariente del diablo de Cazzote, pariente de Armida, pariente de la bella vampira de Dumas y de la mujer del collar de terciopelo negro, su pálida belleza no tenía igual.
Creí que Gautier, el gran Gautier, era sólo la muerta enamorada y con ella se había extinguido su gloria. Como dije, no prestaba atención a los créditos de un libro.
Una tarde de invierno, mi hija Daniela volaba de fiebre y se atormentaba por el fastidio, así que tomé el mejor libro breve que encontré en mi biblioteca. La muerta enamorada. Lo leí en voz alta. Las horas volaron.
"¡Desdichado, desdichado!", dijo Clarimonda, "¿Qué has hecho? ¿Por qué has escuchado a ese cura imbécil? ¿No eras feliz?".
Una vez que empecé a leer la historia, los ojos enormes y verdes de Daniela (nueve años) no me permitieron detenerme hasta llegar al final.
Pasaron años y libros. Hace poco me obsequiaron la misma edición de Torres Agüero, en perfecto estado. Ya tengo treinte y siete años, me interesan los editores, los traductores y los directores de las colecciones.
Entonces vi que no me gusta sólo Gautier. Me gusta Gautier traducido por Carlos Gardini. El mismo Carlos Gardini que admiro por la belleza e inteligencia de su obra. El mismo Carlos Gardini con el que compartí charlas inolvidables y que una vez compartió mi mesa y la de una Daniela casi mujer. El mismo narrador dueño de una erudición que empalidece la de muchos académicos, porque sabe emplearla. Y no sólo eso. Gardini dirigió la colección de Cuentos de Torres Agüero junto con Roberto Dulce. El Roberto Dulce que alguna vez tuvo una librería inolvidable llamada El Espejo Oscuro, donde Daniela estuvo conmigo cuando tenía tres años y donde tuve conversaciones increibles, sobre, por ejemplo, los cuentos de fantasmas de Louisa Alcott. El mismo que vino a mi casa y compartió mi cena y elogió a la diminuta Daniela, hace ya más de quince años, y conoció a Ger, su hermano de meses y al que vi jugar partidas de ajedrez interminables.
Así que la bella Clarimonda es la Clarimonda de Gautier, Gardini y Roberto Dulce.
Y era natural que a Daniela y a mí, nos enamorara su historia.

domingo 8 de junio de 2008

El largo viaje de Europa

Una noche. Una noche densa como un manto negro, con millones de pequeñas luces centelleantes. El mar. Un mar denso como un manto negro con surcos rumorosos desatándose al llegar a la orilla.
La tempestad. La tempestad estaba por llegar.
La tempestad era yo. Y era él.
Lloraba en la orilla. Iba a hundirme para siempre en ese mar, haciéndolo mi amante y mi sepulcro. Yo era muy joven. Quien es joven sabe lo que es eso. Mil noches crees morir. Mil noches sobrevivís. Yo era muy joven.
La juventud es algo muy viejo. Sobre mí el acantilado, una piedra negra señalando el mar, como una afilada mano que dijera: ve. El acantilado que me vio nacer, ahora me vería morir.
Entonces llegó el trueno. Primero fue el trueno. Luego una mancha blanca en el horizonte. Se hizo cada vez más grande y galopaba en un bramido, en la inmensidad negra. Sus cascos eran fuego. Su fuerza era blanca. Sus ojos eran dos piedras negras.
Era él. Nunca había creído esa vieja historia. “Vendrá el Toro Blanco. Es un dios poderoso. Debes amarlo y temerlo. Te raptará y te llevará y nunca volverás. A vos. Sólo a vos.” Y la temblorosa anciana clavaba sus ojos negros en la tierra y sus manos desmenuzaban el maíz y se hacía el silencio. Y yo salía corriendo y me acostaba a reírme en la tierra.
Pero él era, el Toro Blanco, y juntos fuimos la tempestad. Cayó el manto negro del cielo y las estrellas se hicieron lluvia y la lluvia cayó sobre nosotros. Cabalgamos el mar. El mar se abría a nuestro paso y sus cascos de fuego.
Llegamos a una isla. Entonces, yo me llamaba Europa.
Pasaron las mil noches de su hermoso fulgor.
—Te dejaré —dijo él—, sabes que así es. Así es la vida. Tu vientre crecerá. Pesará mucho. Y caminarás sola con tu carga, toda la eternidad. Viajarás a otras islas y a otros mares. El día nacerá y la noche morirá y el día morirá y la noche nacerá y habrá muertos y desastres y guerras crueles. Y cosechas y fiestas y alegrías. Y tú las caminarás con el peso de tu vientre, sola. Esta será tu isla, Europa, y nacerán y morirán ciudades y reyes y será Roma y nacerán pastores y césares y morirán. Y nacerán pastores y morirán dioses y yo moriré. Y nacerán pastores y morirán hijos de dioses y pastores y tu seguirás. Y cruzarás otros mares y llegarás a otras islas y no te detendrás. Se te cansarán los pies y los senos de alimentar y llevar a tus hijos, pero mirarás el cielo, la Gran Vía que marca el amor materno de una antigua mujer como tú. Un día verás otras vías hechas de cruces, pero estas también se caerán.
“Pero la vía del cielo, el Gran Río, ése no morirá. Y tú seguirás.”
Y se fue, en un bramido, galopando la inmensidad y la noche.
Quedé nuevamente a orillas del mar, deseando morir, sola bajo las estrellas, frías, lejanas y crueles conmigo como el cielo, el mar y el blanco dolor del Toro Blanco. El dolor me volvió blanca a mí también y a mi viejo nombre, Europa.
Pero sabía que los héroes que matan minotauros y capturan vellocinos, sólo dan muerte, que los héroes que se hacen matar, sólo reciben muerte.
Y nada difícil hay en la muerte, lo difícil es dar la vida y recibir la vida. Junté fuerzas y partí, buscando el calor, buscando raíces y frutos y amparo.
Mi vientre crecía. Las estaciones pasaron y cayó la fruta madura y cayeron héroes en las guerras y cayeron dioses y nacieron otros. Y vi alzarse cruces y las vi caer, vi destruir y construir iglesias y mientras yo caminaba Roma nacía y moría y nacía, el mismo nombre para mil tiempos y vidas. Y la crucé y seguí caminando y volvieron guerras y armas más poderosas, pero el hambre siempre era hambre y los muertos eran siempre muertos. Y después llegó el combate al cielo y las bombas destruían igual las casas de madera que los palacios de piedra.
Y seguí caminando y mi vientre madurando y mis entrañas doliendo y mis labios en silencio.
Una noche, escuché un bramido que venía del mar. Venía a buscarme y a llevarme. Los grandes buques llevaban odios y amores y soledades más allá del océano.
Partí otra vez, otro mar, otras islas, tras el Atlántico inmenso, donde alumbrar caminos desconocidos y buscar sombras bajo otros árboles.
Crucé y desembarqué en un puerto de miles de gentes y de voces y caminé días y noches, sin saber que me detendría nuevamente en una orilla, para otra vez gritar y enmudecer de dolor, amor y soledad.
Sentí el beso de la brisa, que nunca me abandonó, y el llanto pequeño y su calor. Me abracé a mi hijo, a mi amor, y alcé los ojos.
Sobre mí, la vieja y eterna piedra negra, la gigantesca mano señalando el mar. La misma orilla, todas las orillas y el cielo de mi juventud, eterna y vieja, de donde una vez, un toro blanco bramó y me raptó... de mi misma... y me dio el mundo.

domingo 25 de mayo de 2008

Los cósmicos orgones

Este cuento es malísimo y lo escribí mal a propósito aunque he escrito cuentos malos sin propósito también. Era para un concurso de cuentos malos que hacían en Madrid y se ve que no era lo suficientemente malo porque no ganó. Es literatura social y contiene agudas críticas a...a....queseyó.. Por favor, si no se lo aguantan, vayan hasta el final y lean el epílogo. Es una de las pocas confesiones que me permití en este blog.
Acá va:
El cósmico orgón
(Laura se mece en la cama. El vodka se le cae por las barbas. Un coro de niños cantores dementes entona un himno patriótico a las salchichas de Viena. No toma vodka. No tiene dinero para eso. Ginebra barata. Charlie Parker tocando el piano. Se ve que él también le da a la ginebra. Y la mafia rusa. No se olviden de la mafia rusa)

¿Qué dice esa? Yo soy Laura. Esa que pone giladas entre paréntesis también es Laura, pero no soy yo. Es otra Laura que está completamente loca.

(Laura está demente. Laura está acostada en la cama con una botella de ginebra. Yo estoy acostada en la cama con una botella de ginebra. Laura tiene barbas. Yo tengo barbas. Es evidente que yo soy Laura. ¿Entonces por qué dice Laura que estoy loca? Es ella la que está loca. Y la mafia rusa. No se olviden de la mafia rusa.)
Las cosas que tengo que aguantar. No es privilegio de la mafia rusa el alma rusa, las cósmicas emanaciones del azulino liquido que hace arder las entrañas, cuál bestia infernal, dantesca, llamarada, y luego, el ancestral vómito de caos primigenio, del que siempre surge más caos, más y más. ¿Cuánta lavandina, cuánto amoníaco, se precisa para limpiar nuestro pecado original? Y esta idiota habla de la mafia rusa. ¿Qué tiene que ver la mafia rusa con el origen del Cosmos y con que ensucié la alfombra con el pecado original del hombre?
Esta es la voz de Dios. Os digo que no escribáis pensando en la posteridad. La posteridad no os hará el más puto caso. El pecado original es un plagio. No sabéis nada. Sois unos burros.
(Esta imbécil no leyó a Wilhem Reich. Si sigue así tocándose la barba, va a dispararse el orgón. La energía. Qué pena que no soy Laura. Me toco y me toco la barba y no pasa nada. Es que Reich se equivocó. Idiota)
Repito, ésta es la voz de Dios. El escritor es el Dios de su propia obra. Los personajes son títeres en mis manos. Pero estos hacen lo que se les da la gana. NO sabéis nada. No penséis en la posteridad. Los clásicos actuales solo piensan en el premio. Esto es la verdad. El pecado original es un plagio. Sabedlo de una vez. Y cobrad los derechos. Os vais al Infierno sin ver un duro. Los pecados los hacéis vosotros y la gloria se la lleva Dante. Decid BASTA.
Dios ha muerto. Pero igual jode. Dios no sabe de lo que habla. Me encanta profundamente el pecado. Pulsa las cuerdas de... los orgones, cósmicas revelaciones físicas de los avatares de los recodos de las rutas del plano del mapa de los caminos de la energía que viaja a dedo por el Cosmos!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! ¡ ¡¡¡¡¡!!!!!!!
(¡Qué escándalo! ¡Qué se tape la boca con la almohada! Esta Laura está transgrediendo los límites que la espiritualidad dicta a la gente y qué esté loca no es justificación. Los niños cantores de Viena escuchan toda esa lubricia.)
Pero por qué no se lava la boca con jabón. No es lubricia. Soy libre. El Universo no es ingrato conmigo. ... No importa lo que Dios diga. Tienes libertad. Úsala o devuélvela, pero nunca te devolverán el dinero. Y además, Dios ha muerto.
Yo he muerto, pero no me importa ni me quiero enterar, por eso sigo diciendo, no os ocupéis de la posteridad, ella no os hará caso. Profetizad el pronóstico del tiempo, no hay otro futuro. El escritor es su lenguaje. El infierno son todos los otros, los que no saben qué bien que escribo pero ya lo sabrán. Ahora publicaré la lista de los libros que son el canon de Dios. Son dos libros míos, nada más. Conmigo nunca leeréis demasiado. También tendré mi página de opinión y os demostraré que sois todos unos boludos. Y me pagarán por ello. A ustedes les encanta que les digan qué boludos que son. Esto es pensamiento desnudo. Es el desnudo artístico. Oigan, eso es mucho mejor. Tal vez ya no me interese el Nobel. Seré como Salomé. Bailaré con la serpiente. El diablo es mujer. Babilonia es esto. Por cierto, esas dos locas no valen dos centavos. Esa Laura y la otra. NO les hagáis caso. La única Laura soy yo. Yo también quiero que digan que mi prosa es sensual. De todas formas, probé todas las posiciones del Kamasutra, por eso estoy llena de cicatrices. La otra noche me contracturé demasiado. Tengo que recordarle a ese idiota que la sabiduría oriental es para los chinos. Yo soy occidental y cristiana.
Hay tres Lauras. Tú lo sabes.
Una eres tú.
La otra también eres tú.
Y la otra también eres tú.
Esto no es literatura. Esta es contradicción humana y vieja. La ginebra es tu dolor. La mafia rusa, bueno, ya te hablaré de eso. Nadie más que yo es Laura, excepto tú. Tú eres Laura. Deja la urbanística luz, no la pagues más, es dinero perdido. La oscuridad es la única realidad. Ahora estás en la cama. Tomas ginebra barata... a menos que seas idiota y pagues mucho por esa porquería. Lenta, inexorable, tu mano acaricia tu barba... porque no preguntes quién es Laura. Laura... eres tú.
Mira, Laura, yo soy franca contigo. Esa barba no te sienta bien. Y eres un fracaso. Eres un jurado fracasado, tienes esa barba desastrosa, tomas la peor ginebra. Yo también soy un fracaso, pero no tengo barba, no me llamo Laura, tomo solo champaña del mejor nivel. Haz un esfuerzo y aféitate, ¿quieres? Piensa en Emily Dickinson, en Corín Tellado, que no conocieron la gloria en vida. Y eso qué. Se afeitaban igual. Que seas un fracaso no te justifica. Haz algo por ti mismo. Ya sé que tu fallo será injusto, porque el talento es siempre envidiado y te percatas de mi grandeza. Sabes que voy a comprar libros chanchos con el premio y eres de la Acción Católica. ¿Y quién eres tú para juzgar algo que pertenece a la posteridad? Tu tumba tendrá tres margaritas de los parientes. La mía tendrá pintadas, botellas de cerveza, y orquídeas de Venezuela. Me odias por eso. Pero eso no te quitará la barba. Y todos te dicen Laura, aunque en el documento diga Jorge. La mafia rusa sabe que hay un tipo que es jurado y que no me quiere dar el premio. Va tras de ti. Tal vez si te quitas esa barba y ese olor a ginebra y le dices que te llamas Jorge Luis Borges te crea, pero lo dudo. Mejor me das el premio y sigues tu vida tranquilo. No digas que no te lo dije. Con Cariño. Laura

Epílogo.
Queridos amigos: como les dije, el concurso no lo gané. Así que la enseñanza es esta: no hay que amenazar al jurado. No se creyó que yo fuera de la mafia rusa. A ustedes tampoco les van a creer, así que no lo intenten. Por eso les muestro el cuento , para que aprendan de la experiencia. Y de paso ¿leyeron a Wilhem Reich? Yo lo lei. ¿vieron eso del orgón? Ja, ja , ja. Está en un bodrio celestial llamado La función del orgasmo. La lectura ideal de una a los catorce años. Hay edades donde las boludeces parecen geniales.Cuánto más gordo era un libro, mejor. La función del orgasmo era muy gordo y tenía la dosis justa de psicoanálisis y teoría de los cuantos para ser una boludez genial. Leías eso y la Teoría de la Plusvalía y con el morral adecuado podías tomar una cerveza en un bar cerca de Filosofía y Letras con un viejo barbudo y enclenque y trotskista que pudiera pagar el sandwich de milanesa. Eso o ir a bailar a una disco de Belgrano.En 1985 tenías opciones.

domingo 18 de mayo de 2008

Recordando gestos patrióticos

Éste es mi tercer y último post de la serie que, para mis adentros, denominé, “Recordando al amigo De la Rúa”. Y a la crisis del 2001-2002, que yo padecí como millones de argentinos. Principalmente, mi mayor reproche a De la Rúa es haberme hecho comer la peor pasta del país, la peor salsa y el peor queso rayado que jamás haya vendido el chino de un supermercado. Sé que muchos de mis compatriotas procedieron velozmente a olvidarse de todo esto y de cosas infinitamente más tristes que esa, pero no me importa. Yo tengo excelente memoria y las estoy recordando, ahora en este blog. Curiosamente, en tiempos de la presidencia de De la Rúa, mi ilusión era ser humorista. Ejercitaba mi sentido del humor con la triste realidad nacional.
De la Rúa, no sé si recuerdan, solía a menudo pedirle a la población un gesto patriótico. Gustaba de hacerlo cuando despedía masivamente empleados públicos, recortaba masivamente sueldos y jubilaciones y tomaba otras medidas igualmente populares. En los hospitales no había gasas, ni jeringas descartables, por hablar de lo más elemental, y todos los que tuvieron un familiar con cáncer saben que no había drogas, que no había cómo aplicarles rayos y otras muchas carencias que causaron la muerte silenciosa, evitable y criminalmente dolorosa de muchísimos hombres, mujeres y niños, mientras esa infeliz María Antonieta de traje y corbata declaraba estar muy preocupado y nos pedía que fuéramos patriotas. Esta fue mi respuesta, escrita en esos tiempos, así como mi post Esto ocurría en Ciudad Gótica fue escrito mientras escuchaba a medias un discurso del ex ministro de economía Cavallo y la pequeña pieza casi teatral La Reina de Villa Lugano, en pleno cacerolazo.
Acá va mi respuesta a De la Rúa cuando nos pedía, por enésima vez, un gesto patriótico.

GESTO PATRIÓTICO

Un clásico ejemplo de gesto patriótico es agacharse a buscar el jabón en la ducha del penal. Pero hay ejemplos más prosaicos y variados y para eso tenemos la Historia, pródiga en gestas heroicas, eficaz aliada del político que siempre encontrará su felicidad evocando a San Martín en el cruce de Los Andes, por ejemplo, o a Cabral en la batalla de San Lorenzo, patriota afortunado si los hay, para demostrarle al jubilado que gana doscientos pesos, que el heroísmo no es sólo comer cada día. Claro que el jubilado no come todos los días, así que no es diariamente un héroe, lo será a lo sumo tres veces a la semana y a veces es tan poco heroico que se muere inexplicablemente, dado que su dieta no incluye alcohol, ni grasas ni fuma ni nada. Mientras el pobre gobernante, en esas cenas que se manda regadas con vino de las mejores bodegas, a las que obliga su profesión, comiendo cuello de jirafa con grasa de uro, al fin padece artereoesclerosis y otras calamidades. Lo que sin duda es también un gesto patriótico.
Recordemos gestos patrióticos.
A Tupac Amaru los españoles le pidieron un gesto patriótico, concretamente, que se dejara descuartizar por cuatro caballos, dice la Historia que el hombre tardó un poco en admitir la necesidad del acto de patriotismo, pero terminó accediendo porque reconoció la necesidad y urgencia de que lo despedazaran.
Hacia mil ochocientos veintisiete, si recuerdo bien, la Argentina necesitaba desesperadamente de gestos patrióticos, por lo que el general Lavalle le pidió a Dorrego que se dejara fusilar patrióticamente. Dorrego se lo tomó con filosofía y lo dejó hacer, sabiendo que la Patria a veces pide esas cosas y que, como patriota que era, no le podía negar nada.
Cuando el caudillo Facundo Quiroga paseaba por un lugar llamado Barranca Yaco, admirando el resplandor de la luna y deshojando una margarita, dos hermanos llamados Reinafé le pidieron un gesto patriótico, concretamente, que se dejara asesinar. Quiroga, naturalmente, accedió, porque como ustedes ya adivinaron, muerto o vivo, siempre era un patriota.
Pero también están los héroes y heroínas anónimos.
Cuando el Guapo Mendez le pidió a Juana Cildañez que se levantara la pollera y se pusiera en cuatro patas, no necesitó aclararle a Juana qué clase de gesto patriótico le pedía. Mientras que cuando le pidió lo mismo al Guapo Balvanera, sí lo tuvo que aclarar. Claro que al saber que se trataba de un simple gesto patriótico, el Guapo Balvanera se levantó la pollera y se puso en cuatro patas. Heroísmos cotidianos como estos hay muchos, pero me conmueve especialmente el renunciamento histórico del Guapo Mendez al concederle a Balvanera que también de él la patria necesitaba un esfuerzo.
Aguarde. Ya se que está pensando. Está recordando algún gesto patriótico personal, suyo, íntimo, que lo honra. Bueno, cuéntemelo. Escribame una carta y cuéntemelo con lujo de detalles. La Argentina necesita saber cuántos y quienes son sus héroes patriotas

jueves 8 de mayo de 2008

Soluciones mágicas para la depresión.

Como habrán notado padezco el síndrome del análisis. Muchas veces me dijeron: Paula, vos pensás demasiado. Desde hace unos días estoy deprimida. Leer a Dante a los doce años tal vez haya sido demasiado y desde entonces soy algo trágica. Mi anterior post, que tiene sólo dos días, es muy deprimente. Y pensé en ser del bando de los de la buena onda de una buena vez. Comer comida light. Manteca light, mayonesa light, chocolate light ¿y para cuándo los chorizos y el vacío y las empanadas de carne light?
Quiero decorar mi casa según el arte del feng shui. Poner cascadas para tropezarme y mojarme en todas las esquinas, la cama mirando al sur, sacar los espejos que tengo en el techo del dormitorio porque según la sabiduría oriental quedan feos (qué diantres, a mí me gustan). También tengo que cambiar mi apariencia personal. Tengo que vestirme de blanco, relajada. Túnicas de bambula y ojotas, aunque hace frío. Una bronquitis me ayudará a meditar y faltar al trabajo. El trabajo me hace mal. También puedo añadir una túnica azafrán.
Por último, puedo raparme la cabeza, agarrar una pandereta y bailar por plaza Flores, hare, krishna, hare.
Y así dejaré de pensar demasiado. De hecho, no pensaré absolutamente nada.
Aunque sí tengo un recurso cuando la realidad me abruma, que no es ninguna de esas tonterías. Tengo un disco de Jack Johnson. Es un músico maravilloso. Trasmite la auténtica buena onda: la que da la belleza y la serenidad de una vida que no se consigue con productos light y con decoración.
Es la paz de quienes saben contemplar el mar. Es la paz de quien sabe que la serenidad puede darse, pero no es permanente ni obligatoria y no tiene recetas, ni método, ni es superficial y no se consigue con un manual de decoración.
Y a veces, aunque ya no sé si Jack estaría de acuerdo o se lo cuestiona, sólo el análisis de la realidad que te rodea te permite alcanzar cierta serenidad. La de quien tiene un pensamiento, una mirada y no es cobarde.

martes 6 de mayo de 2008

De crueles reales y provocadores de cartón pintado

Hoy me encuentro leyendo diarios y revistas y gracias a ellos descubro que los blogs recomendados por los grandes medios son aquellos en que una persona busca novia o novio y cuenta sus citas y peripecias con gran éxito de público. Bueno, supongo que los que están leyendo esto buscan otra cosa. Quiero decir que tal vez están hartos de esa especie que denomino provocadores de cartón pintado. Que hacen lo que hacen justamente porque no provocan a nadie ni a nada. Pero otros provocadores, ya no autores de blogs sino profesionales, tampoco lo hacen. Siguiendo esta línea de pensamiento, encuentro que algunas groserías, sino la inmensa mayoría de ellas, no desafían al poder sino que ayudan a definirlo. El poder y sus abusos son groseros y la mayor parte de las groserías son expresiones de esos abusos y esas violencias. O sea, son perfectamente coherentes con una sociedad donde ocurren distintos tipos de violencias y las estúpidas violencias verbales sólo las expresan, en claro acuerdo y aprobación de esa realidad. Por eso, los supuestos provocadores están en los grandes medios de comunicación y lo único que provocan es el horror, el horror, a quienes creímos que hacer humor ignorando a Moliére era imposible, o a quienes nos extrañamos de que a distinta hora y por el mismo canal, se aliente al violador y se denuncie la violación.
Entre horrores diversos y con matices, hay un cierto periodismo televisado que me espanta. Es aquel que se erige valientemente en juez y verdugo, abandonando toda anticuada pretensión de objetividad, para increpar, en un linchamiento proverbial, al funcionario al que le toque. Recordemos que el estado de derecho implica que todos somos inocentes hasta que se demuestre lo contrario. Meditemos acerca de cuán válidos son los métodos de prueba, obligados para su exhibición televisiva a ser superficiales, de los periodistas, hoy llamados noteros. El espectáculo de la justicia por mano propia fascina y lleva al aplauso a mucha gente, en una sociedad que tantas veces justificó el ajusticiamiento por fuera del estado de derecho. Pero cuando se trata de políticos... todo recurso es válido. Hasta el linchamiento.
Políticos: una expresión que el periodismo televisivo usa para descalificar. "La perversa política ensució los sanos Juegos Olímpicos", declamaba un idiota por uno de los canales más vistos del país. Cualquier vocero de la dictadura militar hubiera dicho los mismo durante el sano Mundial del 78. La profesión de político, igualada a la delicuencia por tantos sectores que hasta disfrazan su fascismo (tosco, embrionario, todavía informe) de reclamo justo.
Por cierto, estos periodistas o noteros, son valientes y corajudos e independientes a más no poder cuando se trata de funcionarios, políticos, representantes del Estado nacional. Se vuelven repentinamente silenciosos, serviles y acomodaticios cuando se trata de grandes intereses económicos. Toda su profesionalidad periodística se va al carajo cuando la empresa que les paga el sueldo se ve afectada en sus intereses. Entonces, los vemos incurrir en una mediocridad que pasma. La de un empleado que quiere seguir cobrando. Y el riesgo, la emoción y la aventura del periodismo son repentinamente olvidados.
Y la crueldad de estos empleados cuando se vuelcan al supuesto humor. Cuando exhiben en un programa humorístico, por ejemplo, a un hombre alcoholizado al que detiene la policía conduciendo. Su índice de alcoholemia es altísimo. El hombre devaría, discute, delira. La imagen es repetida hasta el hartazgo. Los conductores ríen y el público ríe. Detras de esto, hay una vida, tal vez varias, arruinadas para siempre. Tal vez haya un hijo, un nieto, martirizado en la escuela. Tal vez una esposa que no se atreve a ir a la oficina. Tal vez haya una familia, que ahora, mientras yo escribo estas líneas, llora y sufre. Pero es tan fácil vestir la crueldad de inteligencia y el sadismo más atávico y violento, de justicia y es tan fácil reir de la enfermedad y de la debilidad del otro.
Aunque no para todos. Eso es para los crueles reales y los provocadores de cartón pintado cuya provocación es solamente un eco de violencia, una complicidad con el que discrimina, una multiplicacion masiva de la agresión por un medio tecnológico, que aún no ha sido catalogada como crimen. Que sólo provoca tristeza en quienes comprenden su naturaleza. Dante, que si era un provocador, los hubiera incluido en su infierno.
Creo que una de las desgracias del nuevo siglo es tener que añadir un círculo al infierno de Dante. En el clásico, esta gente no cabe.